Torista de Francia

Un heterodoxo del  arte, las reflexiones de Mark Rothko y la tauromaquia

 

 

 

Escrito por : fabiola flores

 

 

6 Victorino Martin para Octavio Chacon, Emilio De Justo y Pepe Moral

Las grandes transformaciones sociales e históricas que tuvieron lugar en las primeras décadas del siglo XX establecieron un nuevo orden al final de la segunda guerra mundial; los ámbitos del arte y la cultura se alteraron radicalmente. En las artes ocurre una revolución en la expresión plástica, se dio paso una época a la que denominamos modernidad. Los grandes centros de producción plástica de occidente  se trasladan, desde Europa, hasta el nuevo continente. Nueva York iguala a Londres, París o Viena en importancia, es en esta ciudad donde nace y se consolida un movimiento pictórico de influencia mundial durante los cincuentas. El llamado expresionismo abstracto y que tiene dos vertientes fundamentales. Una, la llamada action painting, algo que algunos traducen como pintura gestual y cuyo representante por antonomasia es Jackson Pollock. La otra es la conocida como color-field painting o pintura de campos de color con Mark Rothko al frente, a pesar de que él nunca quiso encasillarse bajo ninguna etiqueta.

 

 

 

El aficionado a los toros pensará que la revolución estética que emprendió un emigrante de origen ruso y judío, como fue Rothko, no tiene nada que ver con la tauromaquia. A primera vista podrían parecer mundos completamente divorciados. Sin embargo, no lo son tanto y si el lector es capaz de interesarse y seguir conmigo hasta el final de este texto, tal vez pueda entrever que los preceptos artísticos que preocupaban tanto a Mark Rothko se cumplen al pie de la letra en la tauromaquia.

 

 

 

 

Al parecer Rothko nunca se identificó como un judío practicante, sin embargo, en su mundo interior existía una gran preocupación espiritual ya que definía a la creación artística como una experiencia religiosa. Se asumen ciertos riesgos cuando aislamos ciertos conceptos, un riesgo que aquí asumimos a continuación. Hablando de una manera general, en la cultura judía el arte es concebido como un acto de restitución; la obra de arte ayuda a restaurar el mundo, al hombre le devuelve un universo prístino. El aficionado a los toros sabe que el acto sacrificial nos restituye cada vez. No es sólo un acto de regeneración que sucede de tarde en tarde, sino que se extiende al gran ciclo taurino de una temporada dando pie a la otra. En Europa, durante el invierno, cesa toda actividad taurina (en América ocurre lo opuesto), se da pie a un tiempo de recogimiento y reflexión para los toreros; en el campo, el ganado se sobrepone a otras condiciones climáticas. Con la llegada de la primavera al aficionado taurino se le restituye el mundo; llega otro ciclo de ferias y festejos con un futuro por escribir. En el sentido más elemental de la palabra, el mundo regresa a su primigenia armonía.

 

 

 

Regresando a Mark Rothko, su proceso estético pasó por décadas de búsqueda, así llegó a la abstracción total desde sus comienzos en el arte figurativo. En este camino pasó por una época mitológica cuyos frutos fueron cuadros con motivos extraídos de la mitología griega, lienzos que ya se alejaban mucho del arte figurativo.

 

 

 

 

No es casualidad que el mito asuma un papel de suma importancia en todas las sociedades. La función cultural de los mitos ha sido la de contener y sintetizar las preocupaciones más esenciales del ser humano, por tanto, toda mitología condensa una visión del cosmos. En ese sentido, todo lo que toca o se intersecta con la mitología se eleva a un carácter universal. No era casualidad que Rothko pensara que las pinturas rupestres  son la base fundamental del arte abstracto y como bien sabemos los taurinos, esos primeros artistas estaban fascinados con la lucha entre el hombre y los ancestros del toro de lidia. Para Rothko esos murales milenarios plasmados en las cavernas contenían toda la energía primordial del mundo, algo casi volcánico.

 

 

 

Esa mitología griega que tanto interesó a Rothko es la madre directa del concepto taurómaco, de los ritos del juego-ritual entre el hombre y el toro. Las narrativas acerca de Teseo, del laberinto de Minos y su habitante el minotauro, así como los ritos taúricos de las sacerdotisas de Creta son los más remotos antecedentes de la cultura taurina actual –sólo por mencionar algunos-. No es casualidad que Rothko se refiera a sus cuadros como “tragedias”, así les llamaba cariñosamente: “mis tragedias”. Afirmaba lo anterior porque concebía a sus pinturas como dramas que obligaban al espectador a ir más allá de la estética y de lo superficial. Pero sobre todo, Rothko destaca que un drama demanda una interacción por parte de quien contempla la obra de arte (al igual que lo hace la dramaturgia griega); una tragedia demanda siempre la interacción de quien la observa. El espectador no puede permanecer indiferente y no tiene otro remedio que involucrarse aunque, frente un cuadro, nuestro el pintor reconoce que no todo el mundo se abre a la posibilidad de sentir. De lo anterior se deduce que hay gente que se niega a involucrarse emocionalmente frente a un cuadro alguna otra manifestación artística. Lo primero que aflora de la experiencia estética es cierta postura ética por parte de quien aprecia una obra de arte (que a final de cuentas es un parámetro emocional), porque un cuadro es un contendor que invita al espectador a proyectarse en él. Es por eso que alguien puede ser conmovido hasta las lágrimas frente a un cuadro, Rothko cree que esas lágrimas no son fruto de ninguna tristeza sino la expresión de alguien que se ha conmovido.

 

 

 

 

De entre todas las manifestaciones artísticas, la corrida es la que contiene esa pureza original, es la más trágica entre todas las artes. Es el drama verdadero, no es ninguna representación. La verdad que ocurre en el ruedo no puede dejar indiferente a ningún espectador, demanda de él un compromiso ineludible, una postura ante la tragedia. También le pide al aficionado que se involucre con la obra, cada persona puede volcar en el acto de la faena la cantidad de experiencias individuales que a le plazcan, entre más riqueza individual se deposite en esa obra de arte mayor será la catarsis de una faena que termina en buen puerto. Además, la corrida es un arte temporal, efímero y una experiencia irrepetible sólo deja destellos en la memoria. Rothko creía que el la experiencia estética era un acto de salvación espiritual, que el espectador deposita en la obra de arte cierta parte de su ser que se le devuelve con creces. La tauromaquia es una tragedia que demanda una interacción obligada con el espectador, una participación que puede o no derivar en catarsis pero que existe a final de cuentas.

 

 

 

¿Por qué el arte tiene en el drama trágico una sus expresiones más excelsas? Debido a que  toca al espíritu humano a un nivel metafísico (aquel que no se percibe con la vista) y a un nivel físico, concreto. Rothko menciona que son indispensables dos elementos en la tragedia: la marea emocional abstracta que genera en los participantes –las sensaciones no se ven, sólo se expresan-. El otro es el elemento concreto, el contenido mismo de la tragedia, lo que está aconteciendo o el cuadro en sí mismo.

 

 

 

 

 En la tauromaquia son evidentes ambos, a veces a niveles excelsos. Dice Rothko: “el miedo a la muerte, al dolor y a la frustración son sentimientos que aglutinan a los seres humanos. Los esfuerzos comunitarios suelen enfocarse de manera más presta cuando se tiene un enemigo común (muerte, dolor, sufrimiento o una catástrofe natural)”. En la corrida los espectadores amalgaman sus sensaciones de una manera casi instantánea porque perciben el miedo, el riesgo al  infortunio y experimentan empatía con alguien que está sobre la arena enfrentándose a un animal. Un cuadro debe hablarle al espectador de sí mismo, una faena apela, sin palabras, a lo más profundo de cada espectador. La comunión de esos sentimientos y su explosión conforman ese cuerpo metafísico a lo que Rafael de Paula definía como “el espíritu Santo”.

 

 

 

 

El otro elemento de la tragedia -el concreto- es el contenido mismo, algo que podríamos llamar el argumento. Al respecto, es la corrida, también, la expresión más genuina del arte. La narrativa es muy directa, un hombre frente a un animal letal que tiene que salir airoso y dar una muerte digna. Le llamamos argumento aunque en realidad no lo sea, porque en la corrida no se representa nada, todo ocurre de verdad. A veces, muy de vez en cuando, suceden grandes tardes con toros valiosos y matadores a la altura, entonces explotan esos sentimientos comunitarios.  Dichos sentimientos son llanos y son complejos; son individuales y  comunitarios. Rothko hace hincapié en esas dicotomías contradictorias que surgen como respuesta al arte, resultan de una eclosión entre el pudor y el exhibicionismo espiritual.

 

 

 

 

Según el pintor norteamericano, la expresión más alta del arte siempre provoca una reacción física, una virtud que en el mundo artístico de su tiempo ya estaba desapareciendo. En una faena excelente es irreprimible esa reacción corporal, todo mundo sabe lo que significa el famoso “levantarse del asiento”. Otra reacción es el llanto, Rothko esperaba que el arte conmoviera hasta las lágrimas debido a una conmoción espiritual, resultado de una conmoción espiritual que provoca la obra. Las lágrimas no sólo brotan de la tristeza y de vez en cuando la afición suele derramarlas tras algo grandioso y emotivo. Un último elemento sería el silencio, la incapacidad de narrar con palabras lo atestiguado. El gran arte, nos dice este pintor abstracto, tiene la virtud de manifestar lo inexpresable, el único recurso que le queda al taurino cuando el lenguaje no alcanza para narrar lo vivido es la lapidaria frase “ahí queda eso”.

 

Finalmente, Rothko metódico como él solo, nos legó una lista que enumera los ingredientes necesarios que debe reunir una obra de arte, a saber:

 

 

 

1.- Debe contener una clara preocupación por la muerte. Es obvio que en una corrida de toros este elemento no está sólo presente, aún más, es la razón de ser de la tauromaquia.

 

2.- Deseo, deben existir ciertas relaciones sensuales entre sus elementos. Esos elementos de tensión sensual entre toro y torero han sido fuente de extensos análisis y bibliografía. Se ha escrito mucho acerca de la estética femenina que el matador produce de manera natural al ejercer su técnica, algunos autores lo han calificado de “seducción”. El rol se transforma en masculino cuando se asume un final categóricamente fálico. Por su parte, el  toro ha sido identificado por milenios como una fuente poderosa de fecundidad.

 

3.- Tensión, algo provocado por un dilema o conflicto. Es obvio que en una corrida lo que existe desde el comienzo hasta el final es una tensión que a veces llega a niveles exacerbados. La tensión de crear una obra artística donde la materia prima es un animal que ataca constantemente es lo que le da sentido al ritual de la corrida. Hay peligro y riesgo en todo momento.

 

4.- Ironía, es un elemento particular del arte de la modernidad. Hay que destacar que Rothko se refiere aquí al arte moderno del siglo XX. La ironía en una tarde de toros puede aflorar cuando lo que se supone que debe pasar no sucede. Cuando todas las circunstancias se vuelven en contra o la tarde “se pone cuesta arriba” llegan a producirse absurdos. Un ritual lleno de grandeza se convierte, irónicamente, en un esperpento.

 

 5.- Ingenio y cierto sentido de juego, es el factor humano. Esto está íntimamente relacionado con el siguiente punto. Matador y cuadrillas deben estar capacitados para resolver ingeniosamente cualquier avatar que suceda en la tarde. De lo contrario, el “juego” tiene consecuencias fatales.

 

6.- Lo efímero y el azar, otro factor humano. Como es sabido, en los toros dos y dos no  suman cuatro, el orden de los factores sí afecta el producto. Es por eso que le llamamos “suerte” a ese factor que hace que todas las piezas encajen correctamente. El lote que ha salido en suerte, los elementos meteorológicos, la identidad de la plaza (entendiéndose como los gustos de cierta afición en particular), el estado físico en que estén los toros -pueden acusar desde un traslado hasta una indigestión-, el estado de ánimo o psicológico de los toreros, etc. Los factores que pueden modificar el devenir de una corrida son innumerables.

 

 

 

7.- Esperanza, sólo un pequeño porcentaje de la misma, lo justo para poder tolerar la tragedia. Nuestro pintor abstracto pedía sólo un 10 % de este elemento en una obra de arte pero en la tauromaquia la esperanza es un elemento que abunda. De hecho, no pude existir un festejo si no es gracias a la expectativa optimista de algo por venir. El aficionado taurino se mueve sólo por eso, por la simple promesa de que tal vez la próxima feria o corrida será algo importante.

 

 

 

Qué pena que a Mark Rothko nunca se le ocurrió acudir a una plaza de toros. Tal vez habría verificado todas sus teorías estéticas, esas que forjó durante décadas de trabajo y reflexión. Estirando la imaginación, tal vez hasta se hubiera identificado con Juan Belmonte. Quizá él mismo no se explicaría cómo es posible que en estos tiempos posteriores a su “modernidad” no exista una mayor aceptación para este vestigio de tragedia griega que aún, milagrosamente, sucede algunas tardes en ciertas partes del mundo occidental.

 

 

Fabiola Flores

 

Fuentes:

 

  • Batchelor, D. (2008). Colour. Cambridge: The MIT Press, pp.93-94,161,204.
  • Ottmann, K. (2003). The essential Mark Rothko. New York: Wonderland Press.
  • Rothko, C. and Bishop, J. (2017). Rothko. San Francisco, Calif.: Chronicle Books.
  • Mark Rothko Documentaire. (2016). [video] Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=e135VhG4IgA [Consultado 4 Mar. 2018].